En cada partida de Starcraft jugamos con arquetipos: los dioses, los hombres y la naturaleza luchando en un ciclo eterno

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No hace falta que os diga que Starcraft es una de las sagas que mejor ha sabido mezclar la épica, la estrategia y el mito. Lo cierto es que esta saga, que empezó en 1998 como un juego de estrategia en tiempo real (RTS), acabó convirtiéndose en una de las óperas espaciales más memorables de los videojuegos. La premisa es sencilla: tres razas —los Protoss, los Terran y los Zerg— se enfrentan en un conflicto intergaláctico que va más allá de la conquista territorial. Y es que, aunque no lo parezca, es un choque de visiones y filosofías.
Más que ser simples facciones divididas, si nos fijamos bien veremos que cada raza de StarCraft encarna un arquetipo narrativo y cultural distinto. Los Protoss son como los dioses antiguos, llenos de espiritualidad y tradición. Los Terran representan la lucha humana por sobrevivir, marcada por el pragmatismo, la ambición y el caos político. Los Zerg, por su parte, son la encarnación del instinto biológico, esa horda imparable que va devorando civilizaciones enteras.
Juntas, estas tres razas no solo dieron forma a un universo narrativo riquísimo, sino también a un sistema de juego que revolucionó los RTS.
Hijos de los dioses y guardianes del Khala
Los Protoss son quizás la raza más majestuosa del universo de StarCraft, aunque depende de a quién le preguntes, claro. Altos, repletos de energía psiónica y con una estética que mezcla lo alienígena con lo ceremonial, representan la cúspide de una civilización ancestral. Su cultura gira en torno al Khala, una red psiónica que conecta a todos los individuos en una unión de pensamientos y emociones.
Este concepto nos recuerda bastante a las religiones místicas presentes en nuestra realidad, donde la conexión espiritual sustituye al ego individual. Los Protoss representan el ideal de esas civilizaciones avanzadas de la ciencia ficción, una especie de Atlántida galáctica que, a pesar de su sabiduría, se ve acosada por conflictos internos y errores por culpa del orgullo.

Su arquitectura dorada, su dependencia de la energía y la fe en sus superiores los acerca a las culturas del Antiguo Egipto o de la Grecia clásica. Como pasa en muchas historias de nuestra mitología, los Protoss son un pueblo noble pero condenado por su arrogancia.
En el gameplay, esta esencia se traduce en unidades poderosas pero de coste elevado, que requieren una planificación más que cuidadosa. Sus ejércitos son pequeños en número pero enormes en impacto: desde los Zealots hasta los temidos Carriers, cada movimiento Protoss tiene un peso tremendo. Su estilo de juego es el de una guerra sagrada que se gana más por control y precisión que por cantidad.
El espejo imperfecto de la humanidad
Si los Protoss son los dioses, los Terran somos nosotros mismos (bueno, con matices, claro). Humanos exiliados en los confines de la galaxia, divididos en facciones políticas, corporaciones militares y rebeldes, los Terran representan la complejidad caótica de nuestra especie.
El lore los muestra como descendientes de unos colonos forzados a sobrevivir lejos de la Tierra, lo que dio lugar a un remix de culturas, intereses y conflictos. Desde la corrupta Confederación Terran hasta el Dominio Terran del carismático —y autoritario, todo sea dicho— Arcturus Mengsk, su historia es idéntica a la de esos imperios que se levantan y caen, repitiendo los mismos patrones de nuestra propia historia.
Sus héroes representan arquetipos más que reconocibles: Jim Raynor es el vaquero espacial con un código moral ambiguo; Mengsk, el político maquiavélico; y Nova, la espía que es moldeada por un sistema que prioriza el control sobre la libertad.

En términos de jugabilidad, los Terran son la raza más versátil. Sus marines, ingenieros y vehículos muestran la improvisación humana: bases móviles que se levantan y despegan, bunkers defensivos, unidades que combinan fuego terrestre y aéreo... todo transmite la idea de que, aunque los humanos no tienen un don divino ni un instinto biológico perfecto, sí tienen la capacidad de adaptarse y sobrevivir en cualquier entorno.
El enjambre que lo devora todo
Como indicábamos al principio, los Zerg son el instinto en su forma más primaria. Se trata de una raza de bichos insectoides configurados genéticamente, cuyo único propósito es absorber la esencia genética de otras especies incorporándola a la suya propia para alcanzar la perfección evolutiva.
El Enjambre Zerg, dirigido por la mente colmena, nos recuerda a conceptos de H.P. Lovecraft, a los xenomorfos de Alien y a las plagas mitológicas que arrasan civilizaciones enteras. Los Zerg no razonan como individuos, sino que son una marea biológica, una especie de voluntad única que mueve a miles de cuerpos.
La figura de Sarah Kerrigan, la Reina de Espadas, les da una dimensión aún más trágica. Transformada de humana a líder del enjambre, Kerrigan encarna el horror de perder la identidad a favor de un poder mayor, y al mismo tiempo, la fascinación por la simbiosis entre lo humano y lo monstruoso.
En cuanto al gameplay, los Zerg son lo opuesto a los Protoss: unidades rápidas, baratas y numerosas, que compensan su fragilidad con la fuerza del número. Su estilo se basa en la presión constante, la reproducción imparable y el dominio territorial. Encarnan, de forma poética, la inevitabilidad de la naturaleza: puedes resistir un ataque, pero nunca detener la marea.
Ciencia ficción y mitología: el triángulo perfecto
Lo fascinante del universo StarCraft es cómo estas tres razas se complementan como un tríptico de ciencia ficción y mitología. Los Protoss evocan a los dioses antiguos, poderosos y sabios, pero condenados por su orgullo. Los Terran son el reflejo de la humanidad contemporánea, con sus luchas de poder, ideales y corrupción. Los Zerg, por su parte, representan a la naturaleza más primitiva, el instinto de supervivencia que arrasa con la civilización.
Este equilibrio recuerda a las grandes epopeyas literarias: el Olimpo griego, con dioses que se enfrentan entre sí; la Eneida, con los humanos buscando su destino; y los relatos bíblicos que hablan de plagas y exterminios. De esta forma, StarCraft consigue convertir una historia de estrategia militar en un relato que parece recién salido de los mitos de la humanidad.
Este equilibrio recuerda a las grandes epopeyas literarias: el Olimpo griego, con dioses que se enfrentan entre sí; la Eneida, con los humanos buscando su destino; y los relatos bíblicos que hablan de plagas y exterminios.
Y, como hemos ido comentando anteriormente, el trabajazo de Blizzard no fue solo narrativo, sino de diseño, ya que en el juego cada raza se comporta exactamente como su lore la describe. El equilibrio asimétrico de StarCraft marcó un hito ya que demostró que un RTS no tenía por qué ser simétrico. La narrativa se reflejaba en las mecánicas y, a su vez, las mecánicas reforzaban la narrativa.
Legado: la guerra eterna
Más de dos décadas después, la saga StarCraft sigue siendo un referente. En Corea del Sur, se convirtió en un auténtico fenómeno cultural y puso los cimientos de los esports modernos. En Occidente, inspiraron novelas, cómics y a generaciones de diseñadores.
Pero lo que hace eterno a StarCraft no es solo su importancia competitiva (que también), sino su capacidad de contar una guerra espacial como si fuera un mito fundacional. En cada partida no solo jugamos con unidades sino que directamente jugamos con arquetipos: los dioses, los hombres y la naturaleza luchando en un ciclo eterno.
Protoss, Terran y Zerg son metáforas, espejos y advertencias. En ellos reconocemos nuestras propias luchas: la de la espiritualidad frente al pragmatismo, la de la ambición frente a la naturaleza o la de la tecnología frente al instinto.
StarCraft supo convertir la ciencia ficción en mitología y, al hacerlo, transformó el RTS en algo más que un género. Lo transformó en una ópera espacial en la que cada clic es también un eco de las batallas eternas.
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La noticia
En cada partida de Starcraft jugamos con arquetipos: los dioses, los hombres y la naturaleza luchando en un ciclo eterno
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3DJuegos
por
Bárbara Gimeno
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